Simplemente una cancion genial...
viernes, noviembre 16, 2007
miércoles, noviembre 14, 2007
Imaginativo
Se inventaba encuentros furtivos, en pueblos de encanto clavados en el corazón del país, pueblos ajenos e ignorados o mas bien eran estos quienes ignoraban a las grandes urbes, esas fortalezas que los mantenían reclusos en tareas y compromisos, sujetos a sonrisas fingidas y pesadas mascaras, donde pretenden no necesitarse, recluidos en rutinas indiferentes y odiadas, cumpliendo compromisos vendidos.
El imaginaba grandes encuentros, con planes meticulosos o llenos de azares, repleto de detalles e imágenes formadas de retratos y recuerdos prestados, robados a pasados lejanos, quizás inexistentes, donde siempre la veía desnudarse frente a las grandes ventanas de segundos pisos que debían dar a la plaza principal, con aquella gente indiferente ante ellos y sus acciones, ese estar y no estar de ensueño. Siempre creía que ella pensaba lo mismo, desnuda y de frente al cristal, miraba un momento al kiosco, daba un gran suspiro, cerraba las cortinas y corría a sus brazos. Perdidos en suspiros y besos inventaban refugios temporales y remedios contra males innombrables y desconocidos, para finalizar despidiéndose como si fuera la ultima vez y así permitirse regresar a las metrópolis sin remordimiento, regalar sonrisas que salían del corazón y soportar mascaras, que ya no eran de existencia, sino de transición y espera.
Durante el día pensaba lugares, fechas y horas, en la noche soñaba encuentros y despedidas, ella llegaba a la hora acordada, pedía una habitación y dejaba un nombre que el le había dicho con anterioridad, el llegaba y preguntaba por la Paula o Lucrecia de turno y subía con ella, quien ya lo esperaba con un trago de whisky y los besos de protocolo, se miraban en silencio, prolongaban la agonía unos segundos antes de que el se quitara los zapatos, clara señal de que no podía alargar mas la espera, ella siempre cínica y encantadora, se desnudaba lenta y sensualmente frente a la ventana, acomodaba la ropa impecable sobre la silla, miraba al vació y agradecía en silencio, solo para ella, que a nadie de los que habitaban aquel lugar le importara que estuvieran juntos.
Los sueños se tornaban minuciosos y confortantes, adquirían una inconsistente realidad, dejando de ser sueños, para transformarse en recuerdos lejanos y maravillosos. Los encuentros jamas se repetían, siempre variaban tiempos y lugares, incluso humores. Imaginaba discusiones frívolas y superficiales, tenia muy gravado aquella vez en que viendo el ocaso sobre el templo de algún pueblo inventado, ella le había dicho que visitaría un lugar muy cercano a su ciudad, el recostado sobre su regazo inmediatamente comenzó a hacer planes, pero termino de tajo sus expectativas.
– No, no, no, simplemente no podemos ese día, que no vez que voy con mi marido.
– Entonces para que carajos me presumes que estarás, muy, muy cerca de mi ciudad si nos ganamos la misma vayas o no...
– ¿No te parece como que estamos comenzando a pelear como marido y mujer muy prematuramente? Esperaba escuchar algo como: ¡Que importa, juntos nos escaparemos! no se, algo por el estilo... Un poco de magia a la conversación no le haría ningún mal...
Hundió su cara entre las piernas de ella, tenia razón, el era el paréntesis, esa parte que no se nombraba de su vida, solo estaba allí para dar fe de los hechos, mas no intervenir en ellos, solo un espectador y nada mas.
Plan de Dominacion Mundial.
Hilos de Araña I
A la mañana siguiente pidió permiso al jefe para quedarse dos horas mas por las tardes de esa semana, debido a que, en las partes altas de la nave, se había juntado una colosal cantidad de tela de araña y deseaba retirarlas lo antes posible, ya que, además del riesgo de las arañas, daba una terrible imagen al publico en general, mas aún cuando se comenzaban a dar visitas guiadas por el viejo edificio de gobierno.
En un principio el jefe se mostró renuente, argumentaba que no había suficientes recursos para pagarle dos horas extras diarias por una semana, y que, si la mayoría de los empleados deseaban salir exactamente a las tres de la tarde y él se quedaba, al menos los dos encargados de cerrar la oficina por completo deberían estar hasta que terminara; y menos aún se tenia presupuesto para las horas extras de esos empleados.
Después de largo rato de negociación, accedió a que se quedara una hora más, y sólo para limpiar las áreas generales, corredores, pasillos, estancias; los archivos permanecerían cerrados y podría limpiarlos por la mañana en los horarios habituales de oficina.
El lunes a primera hora se dedicó a deshilar con extremo cuidado las telarañas acumuladas por años en aquellos galerones; jalaba un extremo del hilo y seguía la espiral de aquellas obras de arte, las observaba detalladamente antes de quitarlas, analizaba la cantidad de polvo, veía las figuras sobre ellas, los restos de bichos presentes, y los hilos guía. Si estaba presente, observaba a la anfitriona, le pedía perdón si consideraba la tela de una antigüedad mayor a una semana, y dejaba las líneas principales para que tejiera una nueva sin mucho problema, llevándose el resto.
Pronto aprendió cómo tomar impresiones de las telarañas más espectaculares: tomaba un poco de agua pintada con anilina oscura y con un rociador mojaba aquellas líneas, ponía una hoja de papel sobre la misma y quedaba impresa sobre él. Comenzó a coleccionar aquellas impresiones, cada semana las comparaba y colocaba en un marco de madera la que más le agradaba. Poco a poco se fue olvidando del objetivo con el cual había comenzado a coleccionar aquellos hilos. Se fue encariñando con ciertas arañas que se encontraban en el cuarto mas viejo del edificio, aquel que en sus orígenes era todo el edificio del archivo; ahora era solo una bodega vetusta con archivos casi tan viejos como ella. Cuando alguna se colocaba en un lugar visible y vulnerable, él la reasignaba a uno nuevo, mas seguro para ellas y para los empleados de la oficina.
Al cabo de unos meses decidió no retirar hilos con arañas en ellos, sólo tomaría los abandonados; además, buscó la manera de darles la mayor comodidad a ellas. Sin autorización y a escondidas, movió algunos estantes del cuarto para darles espacio y seguridad suficiente a aquellas criaturas, quienes extendieron sus telarañas detrás de su nueva guarida, y, como si entendieran sus propósitos, no excedían ni un milímetro los limites de aquel espacio.
Por las tardes, camino a casa, pasaba entre los callejones de la zona de restaurantes de la ciudad, atrapaba algunas moscas en un frasco, para, en la mañana, después de limpiar aquel cuarto, tomar impresiones de las telarañas, deshacerse de los restos del día anterior y preguntar si ya lo podía cerrar; liberaba a todas aquellas moscas y ponía bajo llave el lugar.