miércoles, noviembre 14, 2007

Hilos de Araña I

Ese día adquirió la terrible costumbre de recolectar hilos de araña. Acababa de leer un articulo en una revista de ciencia, de esas que el jefe deja en la recepción de la oficina, donde se hablaba de cómo algunas telas de araña eran más resistentes que el acero a la misma densidad. Pensó que guardarlas seria de gran utilidad para sus propósitos, además, debido a sus labores, no seria difícil en absoluto juntar aquellos hilos de la tremenda bodega donde hacia la limpieza, e irles hilvanando en un ovillo hasta que el día se acercara y tuviera que tejer aquella cuerda.

A la mañana siguiente pidió permiso al jefe para quedarse dos horas mas por las tardes de esa semana, debido a que, en las partes altas de la nave, se había juntado una colosal cantidad de tela de araña y deseaba retirarlas lo antes posible, ya que, además del riesgo de las arañas, daba una terrible imagen al publico en general, mas aún cuando se comenzaban a dar visitas guiadas por el viejo edificio de gobierno.

En un principio el jefe se mostró renuente, argumentaba que no había suficientes recursos para pagarle dos horas extras diarias por una semana, y que, si la mayoría de los empleados deseaban salir exactamente a las tres de la tarde y él se quedaba, al menos los dos encargados de cerrar la oficina por completo deberían estar hasta que terminara; y menos aún se tenia presupuesto para las horas extras de esos empleados.

Después de largo rato de negociación, accedió a que se quedara una hora más, y sólo para limpiar las áreas generales, corredores, pasillos, estancias; los archivos permanecerían cerrados y podría limpiarlos por la mañana en los horarios habituales de oficina.

El lunes a primera hora se dedicó a deshilar con extremo cuidado las telarañas acumuladas por años en aquellos galerones; jalaba un extremo del hilo y seguía la espiral de aquellas obras de arte, las observaba detalladamente antes de quitarlas, analizaba la cantidad de polvo, veía las figuras sobre ellas, los restos de bichos presentes, y los hilos guía. Si estaba presente, observaba a la anfitriona, le pedía perdón si consideraba la tela de una antigüedad mayor a una semana, y dejaba las líneas principales para que tejiera una nueva sin mucho problema, llevándose el resto.

Pronto aprendió cómo tomar impresiones de las telarañas más espectaculares: tomaba un poco de agua pintada con anilina oscura y con un rociador mojaba aquellas líneas, ponía una hoja de papel sobre la misma y quedaba impresa sobre él. Comenzó a coleccionar aquellas impresiones, cada semana las comparaba y colocaba en un marco de madera la que más le agradaba. Poco a poco se fue olvidando del objetivo con el cual había comenzado a coleccionar aquellos hilos. Se fue encariñando con ciertas arañas que se encontraban en el cuarto mas viejo del edificio, aquel que en sus orígenes era todo el edificio del archivo; ahora era solo una bodega vetusta con archivos casi tan viejos como ella. Cuando alguna se colocaba en un lugar visible y vulnerable, él la reasignaba a uno nuevo, mas seguro para ellas y para los empleados de la oficina.

Al cabo de unos meses decidió no retirar hilos con arañas en ellos, sólo tomaría los abandonados; además, buscó la manera de darles la mayor comodidad a ellas. Sin autorización y a escondidas, movió algunos estantes del cuarto para darles espacio y seguridad suficiente a aquellas criaturas, quienes extendieron sus telarañas detrás de su nueva guarida, y, como si entendieran sus propósitos, no excedían ni un milímetro los limites de aquel espacio.

Por las tardes, camino a casa, pasaba entre los callejones de la zona de restaurantes de la ciudad, atrapaba algunas moscas en un frasco, para, en la mañana, después de limpiar aquel cuarto, tomar impresiones de las telarañas, deshacerse de los restos del día anterior y preguntar si ya lo podía cerrar; liberaba a todas aquellas moscas y ponía bajo llave el lugar.

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